VIKTOR ORBAN, EL LÍDER DEL MIEDO

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En Felcsut, el pueblo donde creció el primer ministro húngaro Viktor Orban, pocos se atreven a romper el silencio sobre la figura del líder xenófobo europeo, del que casi nadie habla pese a que lleva varios años dinamitando desde dentro los cimientos de la Unión Europea (UE).
La excepción es Gyula Nemeth, un vecino que conoce a Orban desde que era un niño y vive a menos de 100 metros de la casa que el político magiar compró para pasar los fines de semanas.
“Es un muy buen hombre. Como vecino o persona es un buen hombre. Así es como lo conozco. Pero como político, no estoy del todo de acuerdo con él, aunque hace su trabajo bien en un 80%”, dice Gyula, quien recibe a Télam en su garaje, donde corta madera.
Rebautizada como “Orbanistán” por los detractores del primer ministro, esta localidad situada 50 kilómetros al oeste de Budapest, esconde algunas claves del éxito del líder convertido en la principal amenaza interna para una UE en crisis.
La quinta parte de la población de Hungría, cerca de 2 millones de personas, vive en pueblos de menos de 2.000 habitantes, como es el caso de Felcsut. Y aquí, como en la mayoría de restos de pequeñas localidades, no hay rastros de inmigrantes.
A pesar de ello, el miedo a los refugiados caló profundo en personas como Gyula, que con 60 años teme a un futuro incierto.
“Hungría está primero, sí. Yo estoy primero porque vivo aquí. La prioridad de los inmigrantes es tener una buena vida, quieren vivir bien, eso está claro. Pero no es el trabajo de otro país extranjero resolver sus problemas”, afirma.
“Con la inmigración vienen los terroristas, no podemos filtrarlos, sólo si hacemos controles muy estrictos”, añade, haciendo suyo el discurso de Orban, para quien la inmigración es el “caballo de Troya” del terrorismo en Europa.
Es sábado por la mañana y las calles están desérticas. Se ven algunas personas mayores, reacias a hablar con la prensa, y algún niño en bicicleta. No hay tiendas ni restaurantes, hasta el supermercado situado frente al edificio municipal está cerrado.
La imagen es austera y contrasta con la idea de “milagro económico” que puso a Felcsut en la primera plana.
Cuando Orban retornó al poder en 2010, el pueblo ascendió de forma meteórica al primer puesto de los municipios más ricos del país.
El ícono de esa riqueza es el estadio Pancho Arena y la Academia de fútbol Ferenc Puskas, que el primer ministro, un apasionado por este deporte y ex jugador semi profesional, construyó junto a su casa en honor al mejor futbolista húngaro de todos los tiempos y antigua gloria de Real Madrid.
“Porque él vive aquí, y le gusta los deportes y especialmente el futbol, construyó este estadio”, asegura Lanzlo Lyon, un húngaro que está en Felcsut de visita con su esposa, con la que planea pasar el fin de semana en otro pueblo cercano.
“A él seguro le gustaría que la selección nacional juegue aquí, pero es imposible”, apunta, al referirse al estadio que construyó el famoso arquitecto Imre Makovecz, obra calificada de “faraónica” en proporción al tamaño del pueblo.
Obsesionado con devolver la “grandeza” a Hungría a través del fútbol, el primer ministro gastó en seis años más de 500.000 millones de euros en estadios, academias y en tratar de impulsar la liga local para regenerar el fútbol magiar, un presupuesto que supera en creces al destinado a la educación.
Esta política deportiva ha sido uno de los focos de las críticas de la oposición, que mira con recelo hacia Fercsut, convertido en un emblema del modelo político-económico de Orban.
El pueblo también cuenta con un pintoresco y curioso tren turístico. Las grandes inversiones llegaron de la mano del alcalde Lorincs Meszaros, sospechoso de ser el testaferro del premier, lo que generó un gran escándalo en Hungría.
En pocos años, este humilde plomero y amigo de la infancia de Orban pasó a formar parte de la lista de las 100 personas más ricas de Hungría gracias a sus negocios de construcción y obra pública, entre ellos el estadio Pancho Arena, que fue financiado por empresas privadas a cambio de beneficios fiscales.
Meszaros también es propietario de un conglomerado de medios pro-gubernamentales, por donde desfilan los dirigentes, simpatizantes y asesores del partido Fidesz, explica el periodista Gergely Brückner.
El analista Zoltan Kiszelly, quien es uno de esos asesores, dice que “Orban tiene visión, creo que él está repitiendo políticas de 1900, cuando Hungría estaba en el imperio Austro-Húngaro y tenía que desarrollarse”.
“Creo que Orban es un político con visión. Su visión es hacer a Hungría un país más independiente y soberano, utilizando el marco de la Unión Europea, y por eso lo hace con el patriotismo, la causa nacional-patriótica, el tema de la inmigración, porque esta amenaza el objetivo nacional de Hungría, al igual que amenaza a los polacos, los checos, y a los Estados bálticos”, argumenta Kiszelly mientras toma un café frente a la Basílica de Sant Stephens de Budapest.
Carismático, controvertido y bueno para la retórica, Orban comenzó a forjarse un nombre en la política en 1989, cuando, siendo un joven liberal de cabello largo, arengó a los húngaros con un emotivo discurso en defensa de la democracia y contra la ocupación soviética, con motivo del homenaje a Imre Nagy, el jefe de gobierno ejecutado en el frustrado levantamiento contra Moscú de 1956.
Había fundado la Alianza de Jóvenes Demócratas (Fidesz), que entonces se convirtió en un símbolo de las ansias de “libertad”.
Una década después, en 1998, con sólo 35 años, se convirtió por primera vez en primer ministro. Cuando recuperó el poder en 2010, el país atravesaba una grave crisis económica.
Hungría y otros países del Este transitaban de la ilusión a la decepción con Europa. Pragmático, el dirigente demócrata que en los 90 promovía los valores liberales mutó hasta convertirse en el político más conservador de Europa. Sus políticas, cada vez más radicales y xenófobas, suponen un desafío para la UE.
Los refugiados, en definitiva, fueron para Orban una oportunidad política.
En sus inicios como diputado compartió sus días con el pastor metodista Gabor Ivanyi, otra figura referente de aquel momento, y hoy uno de sus críticos más implacable.
“Él solo quiere poder y dinero, y no puede obtenerlos de otra forma”, destaca el religioso, quien explica que Orban “logró silenciar al pueblo húngaro porque muchas personas tienen miedo a perder las ayudas que reciben del gobierno”.
En 2015, Orban sacó un importante provecho político de la crisis de refugiados, sostiene la analista Edit Inotia, del Centro para la Integración y Democracia Euro-Altántica (CEID).
“Los húngaros somos una sociedad muy cerrada, con la barrera del idioma, y no tenemos experiencia con la inmigración. Por eso le resultó fácil jugar con los miedos de la sociedad, pero eso es muy peligroso”, advierte la experta, refiriéndose al viraje xenófobo del primer ministro húngaro.
Inotai destaca que ocurre lo mismo con su confrontación con la UE. “Como dentro del país no tiene realmente enemigos porque los partidos de la oposición son pequeños y débiles, tuvo que hallar este enemigo afuera, y el enemigo es Bruselas, no la UE”, subraya, enfatizando el perfil de líder anti-establishment del primer ministro.
En 2015, en tono de broma, el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, se atrevió a saludar a Orban como “el dictador”. El controvertido político húngaro, lejos de molestarse, disfruta en su rol de líder del miedo.