TRUMP CUMPLIÓ SEIS MESES EN EL PODER SIN GRANDES LOGROS PARA CELEBRAR

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Donald Trump cumplió hoy seis meses en la Casa Blanca y, pese a haber ganado la Presidencia con la promesa de hacer historia, tiene a sus bancadas mayoritarias en el Congreso paralizadas por conflictos internos, sufre una lluvia de investigaciones sobre su entorno y su popularidad está en caída libre.
Más allá de los escándalos y las críticas que han sido una constante de su gobierno -incluso de su candidatura-, Trump cumple su primer semestre al frente de la administración federal de Estados Unidos con una innegable derrota sobre sus hombros: por segunda vez el mandatario y su mayoría republicana en el Congreso tuvieron que reconocer que no podían reemplazar la reforma del sistema de salud de Barack Obama.
La redacción de un nuevo sistema de salud que reemplace el llamado Obamacare fue una de las principales promesas de campañas de Trump y de cada uno de los candidatos republicanos a cualquier cargo, nacional y local. Sin embargo, una vez que asumieron el control de los dos poderes a cargo -el Ejecutivo y el Legislativo- no pudieron ponerse de acuerdo sobre cómo hacerlo.
Hasta ahora, su mayor logro en el Congreso fue conseguir que el Senado confirmara la nominación del conservador Neil Gorsuch como juez de la Corte Suprema, lo que le permitió comenzar a revertir los fallos en contra de jueces y tribunales de primera y segunda instancia, que tenían paralizado su decreto que prohíbe el ingreso al país de todos los ciudadanos de seis países -la mayoría con conflictos armados- de mayoría musulmana.
Sin perder nunca el optimismo que lo llevó a la Presidencia, Trump ya planteó otras dos grandes apuestas legislativas -un presupuesto marcado por la reducción del gasto social y el aumento de las partidas de Seguridad y Defensa, y una reforma tributaria que beneficia a las empresas-, que analistas republicanos y demócratas ya adelantaron que no tienen chances de ser aprobadas.
Sin victorias en el Congreso, Trump se dedicó a gobernar por decreto.
Desde que asumió a finales de enero pasado, Trump firmó más decretos que cualquiera de sus antecesores contemporáneos. Con esos decretos, suspendió otras órdenes presidenciales previas, eliminó regulaciones de otros gobiernos y creó nuevas, sin pasar por el Congreso y sus tiempos de negociación.
Por ejemplo, eliminó un subsidio que beneficiaba a las empresas contratistas del Estado que cumplían con todos los requisitos de seguridad y las leyes laborales, y ordenó revisar las dos reformas que los demócratas habían aprobado en el anterior gobierno para evitar una nueva burbuja financiera como la que explotó en 2008.
Además, desfinanció a cualquier órgano estatal u organización externa que asesore o promocione el aborto, designó al frente de la Comisión de Comunicación Federal a personas abiertamente contrarias a la llamada neutralidad de la red, el principio que busca garantizar que los proveedores de internet den acceso irrestricto a cualquier fuente de información; y vació la Oficina de Política de Ciencia y Tecnología, el órgano del Ejecutivo encargado de asesorar al presidente sobre este área.
Una de sus decisiones más conocidas fue eliminar todas las medidas ambientalistas que Obama había aprobado por decreto y redujo el número de empleados de la Agencia de Protección Ambiental de 68 a 11 y puso a cargo a Scott Pruitt, una persona que abiertamente ha cuestionado la validez científica de las investigaciones, estadounidenses e internacionales, que alertan sobre el cambio climático.
En materia de inmigración, Trump, además del veto para los ciudadanos de seis países musulmanes, ordenó más detenciones y deportaciones de personas sin papeles, e inició una guerra política con estados, ciudades, universidades, iglesias y organizaciones civiles que se niegan a cooperar con su política de persecución a los millones de inmigrantes que no pueden legalizar su situación.
Pero todos estos cambios, por más trascendentales que hayan sido para la sociedad estadounidense y su futuro, quedaron eclipsados por la rutina de escándalos, exabruptos y episodios políticamente incorrectos que protagonizaron Trump o sus colaboradores más cercanos.
Por un lado, Trump y las figuras más visibles de su gobierno instalaron una nueva realidad, la realidad de los “hechos alternativos”.
Desde el primer día y durante todos los primeros seis meses de su gobierno, Trump acostumbró a sus conciudadanos y al mundo entero a no tomar muy en serio sus palabras o las de su vocero, Sean Spicer. Difundieron datos falsos, inventaron situaciones y atacaron sin argumentos a dirigentes opositores y líderes civiles.
Pese a la indignación que esto generó en los principales medios de comuniacación del país, nada de esto tuvo efectos políticos significativos sobre este primer semestre del gobierno de Trump.
Distinto ha sido el impacto del mayor escándalo que acosa al mandatario: el llamado Rusiagate.
Actualmente el FBI y varias comisiones de las dos cámaras del Congreso federal están investigando si el entorno más íntimo de Trump complotó durante la campaña presidencial del año pasado para debilitar públicamente a su entonces rival, la demócrata Hillary Clinton, y garantizarse el posterior triunfo electoral.
Los comprobados contactos entre miembros de la dirección de la campaña de Trump con el embajador ruso en Washington, Sergei Kislyak, y otras personas presuntamente vinculadas con el Kremlin, ya le costaron el cargo al primer asesor presidencial de Seguridad Nacional, Michael Flynn, y forzaron al actual secretario de Justicia, Jeff Sessions, a desligarse de la investigación del FBI.
El mega escándalo ya alcanzó al hijo mayor del presidente, Donald Jr, a su yerno y actual asesor, Jared Kurchner, y a su ex jefe de campaña, Paul Manafort.
Se trata de un caso que que incluye denuncias de espionaje, de fraude electoral y que podría incluso hacer tambalear la legitimidad de base del gobierno republicano que, con apenas seis meses en el poder, no ha concretado las promesas de Trump de rápidas transformaciones económicas y políticas, aunque sí mostró y confirmó que hacer campaña es mucho más simple que gobernar.