TRAS EL BREXIT Y LA PULSEADA CON GRECIA, MERKEL SE CONSAGRÓ COMO LA MÁXIMA LÍDER DE LA UE

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La batalla ganada por la política económica de la endeudada Grecia y la victoria en la urnas británicas del Brexit, un año después, consagraron a la canciller alemana Angela Merkel como la indiscutida líder de la Unión Europea (UE), resignificada como una dirigente centrista tras el ascenso de partidos de extrema derecha en el continente y la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.
A diferencia de lo que ocurrió en Francia en las presidenciales de mayo último, este domingo los alemanes no tendrán la carga de elegir entre una fuerza europeísta y una nacionalista y aversa a la integración del continente. Tanto la candidata conservadora, Merkel, como su rival socialdemócrata, el ex presidente del Parlamento Europeo Martin Schulz, son fervientes defensores de la UE.
Sin embargo, en los últimos años Merkel se convirtió en algo más que una líder que apoya la integración del bloque europeo.
Para muchos sectores de poder y millones de ciudadanos en la UE, la canciller es la única dirigente con poder, experiencia, determinación, temple y cintura política para mantener unido al bloque y hacer frente a la retórica aislacionista de Trump y al desafío de gobiernos ultraderechistas, como el de Hungría, y partidos xenófobos en ascenso, como Alternativa para Alemania (AfD) en su país, el Frente Nacional en Francia o el Partido por la Libertad en Holanda.
Pese a la figura de Merkel, la UE está lejos de tener una agenda consensuada en los temas que tensan a la región: la doctrina de austeridad impulsada por Berlín, el reparto de los miles de refugiados que al sur del continente y la relación con Rusia -un socio energético vital para Alemania- después de la anexión de la península ucraniana de Crimea.
El pico de tensión entre Bruselas, el Eurogrupo y Berlín, por un lado, y el gobierno de Alexis Tsipras, por el otro, fue en 2015; pero fue todo tan violento y descarnado que las heridas aún arden y no sólo en Atenas.
Hace dos años, con el gobierno de Merkel a la cabeza, la UE y el Eurogrupo midieron fuerzas con Tsipras, que llegó a primer ministro con la promesa de poner fin al ajuste que profundizaba la crisis social y económica de Grecia. El objetivo declarado era forzarlo a aceptar sus metas macroeconómicas.
Tsipras revalidó sus posiciones en un dramático referéndum, pero la presión de Alemania y la UE -que llegó a escalar con condenas y amenazas públicas- fue más fuerte. Atenas aceptó mantener el ajuste y aún no logra volver a crecer ni reducir su alto desempleo.
Merkel mostró su cara más autoritaria y menos pública. Mientras de su actual rival electoral, Schulz, denostó y amenazó públicamente a Tsipras -lo que le valió una lluvia de críticas de los socialdemócratas europeos-, Merkel evitó los micrófonos mientras sus enviados presionaban a puertas cerradas.
La canciller ganó la pulseada -“Europa es fuerte. Mucho más fuerte sentenció Renzi. que hace cinco años cuando comenzó la deuda de la crisis en Europa, originada por Grecia”, sentenció- y con eso adoctrino al resto de los gobiernos del sur del continente, estancados en la crisis económica que estalló en 2008.
Pero la confirmación de Merkel como la líder incuestionable de la UE dejó heridas y un sentimiento de resentimiento, que aún hoy se multiplica entre públicos y líderes heterogéneos.
En enero de 2016, cuando decenas de miles de refugiados abarrotaban las islas del sur de Italia, el entonces primer ministro Matteo Renzi rechazó las críticas de Bruselas por su falta de apoyo al plan de Merkel para frenar la llegada masiva de migrantes de África, Medio Oriente y Asia Central.
“El tiempo en el que Europa podía darnos lecciones o mandarnos a hacer tarea se terminó”, sentenció Renzi. “Estamos en condiciones de decir que algunas cosas tienen que cambiar en Europa”, agregó.
El brusco y desesperado desembarco de más de un millón de refugiados e inmigrantes económicos de algunos de los lugares más violentos y pobres del mundo desató una de las peores crisis políticas dentro de la UE desde su fundación, pero a la vez relegitimó a Merkel como su cara más amable.
Durante varias semanas, la dirigente conservadora abrió de par en par las fronteras de su país, dispuso trenes, colectivos y centros de recepción y se sacó fotos con exultantes sirios, afganos e iraquíes que la llamaron “Mamá Merkel”.
En 2015, Alemania recibió unos 1,1 millones solicitantes de asilo, más que ningún otro país europeo; sin embargo, la política de fronteras abiertas de “Mamá Merkel” no duró.
Cuando sus vecinos cerraron sus fronteras, incluso con vallas, muros, soldados y paramilitares para detener a los refugiados, y cuando la extrema derecha comenzó a crecer en su país, alimentada por un discurso antimigrante, Berlín se sumó a este nuevo consenso regional.
Merkel frenó el ingreso masivo de refugiados e intentó retomar su liderazgo en este tema proponiendo un plan concreto.
Por un lado, cerró un acuerdo con Turquía para sellar la llamada ruta de los Balcanes y frenar el ingreso de refugiados desde Medio Oriente y Asia Central, un acuerdo que le dio margen al presidente Recep Tayyip Erdogan para lanzar una masiva ofensiva sobre la oposición y decenas de miles de ciudadanos con pocas consecuencias internacionales reales.
Por otro lado, propuso un reparto balanceado entre todos los miembros de la UE de una parte de los refugiados que aún quedaron varados en los dos principales puertos de entrada al continente: Grecia e Italia. El plan, que vence este mes, incluía inicialmente 160.000 solicitantes de asilo, pero finalmente sólo logró reubicar alrededor de 40.000.
Alemania intenta por estos días negociar un relanzamiento del plan que incluya ayudas financieras por cada refugiado reubicado y sanciones para los gobiernos que se nieguen a recibirlos, algo que el esquema inicial incluía, pero nunca fue ejecutado.
El Tribunal de Justicia de la UE respaldó este año a Merkel y falló que las cuotas obligatorias de refugiados no violaban la soberanía de los Estado miembro, como reclamaban los gobiernos ultraderechistas y nacionalistas de Hungría y Eslovaquia, dos de los cuatro miembros del llamado Visegrad, que más resisten el liderazgo de la alemana en este tema.
Su gestión de la crisis de refugiados fue elogiada en todo el mundo y la revista Time la presentó como “La líder del mundo libre”, pero en su país alimentó el más racista discurso antimigrante.
Siempre atenta a las encuestas, Merkel aclaró en la campaña electoral que seguirá impulsando una política migratoria regional, pero no volverá a abrir las fronteras ni recibir masivamente a refugiados.