TAQUÍGRAFOS DEL CONGRESO, UN OFICIO EN DESAPARICIÓN PERO IMPRESCINDIBLE PARA LA DEMOCRACIA

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Por Alejandro Daniel Tejero Vacas

Desde hace 144 años, el cuerpo de taquígrafos de Congreso Nacional registra cada uno de los debates de los representantes del pueblo y las provincias argentinas, un trabajo imprescindible para dar validez a las normas aprobadas y que, sin embargo, cada vez menos personas están dispuestas a ejercer.
Como cada vez son menos los institutos que enseñan la profesión, son los mismos taquígrafos del Congreso quienes se encargan de formar a aquellos que darán continuidad a su trabajo, labor necesaria para que el Congreso siga funcionando.
Guillermo Castellano, director del cuerpo de taquígrafos de la Cámara de Diputados, entró a trabajar en el Congreso hace 44 años y recuerda una sola ocasión en la que los taquígrafos no tomaron registro de una sesión: fue durante el gobierno del entonces presidente Fernando de la Rúa, en solidaridad con trabajadores despedidos.
“Fue un escándalo. Vinieron los propios diputados a pedirnos que fuéramos al recinto. Había muchos que querían dar de baja la sesión porque sin versiones taquigráficas de los debates no tenía validez la sesión”, explicó Castellano a Télam.
En 1973, Castellano fue uno de los cinco taquígrafos que ingresaron al Congreso en un concurso público al que se presentaron 120 personas. Este año habrá un nuevo llamado para cubrir cuatro vacantes, pero apenas se presentaron siete personas.
“En su momento, éramos mayoría los que veníamos del Colegio Carlos Pellegrini, donde se daba la materia y salían grandes profesionales. Ahora casi no hay dónde educarse, por eso es que cuando alguno de nosotros conoce a alguien con condiciones tratamos de formarlo para saber que ese alguien podrá ocupar el cargo cuando se abra una vacante”, indicó.
Según Castellano, formar un taquígrafo demora no menos de 10 años, es fundamental que cuente con estudios universitarios para que haya “aprendido a pensar, a tener mejor redacción y compresión de textos” y tiene que saber escribir a razón de 130 palabras por minuto, número que puede ascender hasta 200 palabras para un profesional ya formado.
El cuerpo de taquígrafos de la Cámara de Diputados está integrado por unas 50 personas que trabajan de forma conjunta para un único fin: que a minutos de terminado el debate esté listo el diario de sesiones, donde figure la versión escrita del debate que tuvieron los diputados.
Sin embargo, el trabajo del taquígrafo no se limita reproducir lo que dijo un diputado, sino a trasladar a texto lo que quiso decir, que no siempre es lo mismo.
“Las transcripciones textuales suele ser malas. En el calor del debate los diputados se confunden constantemente. No cierran las oraciones, dicen en negativo algo que debían decir en positivo, equivocan nombres, normas, fechas o hasta dicen lo opuesto de lo que en realidad querían decir. Ahí es donde intervenimos nosotros para darle sentido”, explicó.
La norma indica que debe respetarse entre el 80 o 90 por ciento de las palabras que pronunció un diputado, pero a esto se le colocan los signos de puntuación, se dan vuelta las frases, se cierran expresiones no concluidas, se corrigen errores y hasta los modismos propios del origen del orador, “ya que no es lo mismo si habla un porteño que un riojano o que un tucumano”, indicó Castellano.
Previamente al inicio de la sesión, los taquígrafos se dividen las labores que les tocará asumir: un grupo se encargará de tomar nota y de escribir lo que se dijo, otro de revisar los textos y, por último, un editor compaginará el diario de sesiones.
“Funciona como una rueda de trabajo. Comienzan a tomar nota ni bien empieza la sesión, ya sea en pareja o en soledad -uno dicta y el otro toma nota- y cada cinco minutos se reemplazan en el recinto. Mientras desgravan las notas, los textos se corrigen y se editan y, si la sesión termina a las tres de la mañana, a las cinco ya está subido el libro de la sesión en Internet”, dijo Castellano.
En un día normal de sesión trabaja un equipo de 17 taquígrafos, cinco revisores y un editor del diario de sesiones y ninguno de ellos sabe a qué hora terminará su jornada.
“Yo he pasado 48 horas sin salir del Congreso. Es un trabajo fuerte. Recuerdo jornadas muy extensas, como la intervención de la provincia de Córdoba en los ’70, o reuniones de discusión de presupuesto todos los años. Es normal irse al mediodía del día siguiente”, indicó.
Los registros taquigráficos son requeridos por jueces, que quieren tener acceso al debate de las sesiones para comprender el espíritu de una norma, pero también por distintas dependencias del Estado, tanto ministerios como la propia Presidencia.
“Los Diarios de Sesiones no son solo una transcripción de discursos o normas, sino el fiel reflejo de la historia argentina a través de la voz de sus representantes, de sus pasiones, desencuentros y motivaciones. Es el registro de la vida de nuestro país”, concluyó el director del cuerpo de taquígrafos de la Cámara de Diputados de la Nación.