LOS “NO INDEPENDENTISTAS” MIRAN CON PREOCUPACIÓN LA ESCALADA DE CONFRONTACIÓN ENTRE CATALUÑA Y ESPAÑA

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El gran éxito del proceso de secesión impulsado por el gobierno catalán de Carles Puigdemont es la construcción de una hegemonía política, la idea de que sus acciones son la expresión de la voluntad de la mayoría en Cataluña, cuando más de la mitad de los catalanes no dieron su apoyo a la actual vía de ruptura y ahora sufren con preocupación la escalada del conflicto.
Con las calles del centro de Barcelona copadas por independentistas con sus banderas esteladas -la no oficial- y gritando “Inde-inde-independencia” y “votaremos”, y balcones repletos de mensajes a favor del “sí”, la imagen que brindó Cataluña al mundo en los últimos días fue la de “un solo pueblo” que respalda las decisiones de su gobierno.
El discurso del presidente catalán apuntaló esta ficción al afirmar que el referéndum del 1 de octubre, prohibido por el Tribunal Constitucional español, y desbaratado logísticamente por la policía, se hará porque, sobretodo, “tiene el apoyo de la inmensa mayoría de la población”.
“No tenemos el derecho de no hacerlo”, remarcó Puigdemont, obviando que si bien un 80% de catalanes apoya el llamado “derecho a decidir”, lo que quieren es un referéndum pactado y con garantías, según los sondeos.
Pero esa posibilidad hoy no está sobre la mesa, de ahí que los independentistas insisten en que la única opción que tienen los catalanes de votar es hacer el referéndum unilateral, contrario a la legalidad española.
Puigdemont, sin embargo, no cuenta actualmente con la fuerza para imponer esa supuesta voluntad mayoritaria, porque su apoyo electoral no lo es. Asimismo, las últimas encuestas del propio gobierno catalán muestran una clara fractura de la sociedad catalana respecto al conflicto secesionista.
Según el Centro de Centro de Estudios de Opinión de la Generalitat (CEO), un 48% avala la convocatoria del gobierno y un 46% la rechaza. Además, un 49,4% (a la alza) se opone a la independencia frente al 41,1% (a la baja) que la desea.
Detrás del “mantra” del dominio independentista se esconde un 52% de catalanes que no votó a la coalición Junts pel Sí y a los anticapitalistas de la CUP (Candidatura de Unidad Popular) que son los que sustentan el plan de secesión, con una mayoría exigua de 72 diputados y el 48% de los votos.
Esa mayoría no secesionista no es homogénea, incluye a los que respaldan el “derecho a decidir” de Cataluña, los “anti-independentistas”, y los que se sienten ajenos a este debate que está fracturando y polarizando cada vez más a la sociedad catalana de cara a la eventual votación del domingo.
“Hay claramente una tensión que a la vista del 1 de octubre crece y es claramente desequilibrada, ya que por un lado tienes un 40% o 45% del electorado que hace muchos años que está movilizado, y cuenta con los medios de Cataluña a su favor y, por el otro, un 35% de ‘masa silenciosa’ que está en el medio y un 20 o 25% de anti-independentistas”, explicó a Télam Oriol Bartomeus, politólogo de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB).
“El grupo del medio es el que sufre en silencio, porque no le gusta el bloque independentista, pero por nada del mundo se va a ver ligado a la posición del Partido Popular (PP) del presidente Mariano Rajoy”, añadió el experto.
Y es precisamente este grupo de personas el que tiene el poder para hacer decantar la balanza en este conflicto.
El problema, no obstante, es que esta mitad no separatista no está movilizada. Durante los últimos años, la dirigencia catalana los dejó a la deriva sin plantear propuestas alternativas a la secesión -el partido liberal Ciudadanos canalizó parte del descontento por no tener complejos al plantear un discurso anti-independentista-, y recién ahora se está intentado articular una parte central de ese electorado en base a la consigna de “no ir a votar”, defendida principalmente por los socialistas.
A esta posición se sumaron voces dispersas de la izquierda y personalidades de la cultura, como la directora Isabel Coixet, los escritores Juan Millas, Javier Cercas, el artista Javier Mariscal y el ex Fiscal Anticorrupción Carlos Jimenez Villarejo, firmantes del manifiesto “1-O Estafa Democrática”, que asegura que no aceptan “que se utilice el rechazo que tenemos la gente de izquierdas a las políticas de Rajoy para tratar de imponernos un proyecto de división y enfrentamiento antidemocrático”.
La otra opción que se promueve es la movilización en “defensa de las libertades” y a las “instituciones de Cataluña”, a raíz de la respuesta autoritaria del PP al conflicto, posición de los “comunes”, el espacio de izquierda de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau.
“La confusión es grande, creemos que las personas de izquierdas que hemos luchado por las libertades democráticas no debemos dejarnos llevar por argumentos demagógicos”, dijo a Télam la activista social Nuria Suárez, promotora del manifiesto contrario al referéndum unilateral y portavoz de la plataforma “Recortes Cero”
“El PP está poniendo todo muy difícil. Las banderas no me motivan, pero la falta de diálogo, la falta de sensibilidad es preocupante y condiciona la posición de gente que como yo no está a favor de la independencia pero defiende el derecho a decidir”, sostuvo por su parte José Luis Garrido, un profesional de 42 años, que todavía no tiene claro qué hará el 1 de octubre.
“Las calles están empapeladas de carteles con el mensaje ‘Votemos para ser libre’ y si el el PP sólo tiene como oferta enviar a la policía y cerrar páginas webs, la sociedad terminará movilizándose”, vaticinó José.
Tener una posición “moderada” en medio de este escenario en el que todo es “blanco o negro” no es fácil, ya que la tensión es palpable y se empiezan a ver cada vez más muestras de intolerancia. Prueba de ello han sido los ataques públicos, especialmente en las redes sociales que sufrió el cantautor catalán Joan Manuel Serrat, quien osó criticar el “procés” de secesión, y fue calificado de “fascista” y “traidor”.
Su voz, no obstante, animó a “otros” catalanes. En las redes sociales circula una convocatoria que llama a una concentración el 28 de septiembre en la plaza Sant Jaume de Barcelona para cantar su emblemática canción Mediterráneo para reclamar al presidente Puigdemont que escuche a Cataluña en su diversidad.