DÓLAR, INFLACIÓN Y CONGRESO COMPLICAN AL CIERRE, UN AÑO PARA FESTEJAR

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El Gobierno no parece haber aprovechado al máximo la fortaleza que obtuvo en las urnas de octubre. Apuró un pacto fiscal con gobernadores y mandó al Congreso los demorados cambios en materia impositiva, laboral y previsional.

Pero parece innecesariamente entorpecido para ponerlos en marcha. Y, al mismo tiempo, enfrenta dos inconsistencias macroeconómicas, que complican el escenario de fin de año: el atraso cambiario y la persistencia de la alta tasa de inflación.

El ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne admitió en un reportaje que bajar la inflación les está resultando más difícil de lo previsto. Poco antes, el presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger, tuvo que dar marcha atrás con sus dichos de septiembre, cuando había ratificado las metas de 17% para 2017 y de 10% para 2018.

Con el índice del noveno mes del año, el IPC, de cobertura nacional desde julio, había acumulado una variación de 17,6%. En octubre se agregó otro 1,5% y con un alza similar en noviembre se habrán superado el 20%. Y aún falta diciembre: un mes difícil, en el que impactarán de lleno los aumentos de luz, gas, combustibles y medicina prepaga.

Los analistas ya advierten que el IPC podría superar los 2 puntos porcentuales. Y seguramente tendrán que alterar la proyección de 23/23,5% para todo el año que informaron para el REM hace solo un mes. Nadie cree en una variación menor y para 2018 están estimando 16,6% para el nivel general y 14,9% para la inflación núcleo.

Sin desdecirse, Sturzenegger corrió el mojón hacia abril de 2018. El 1% de inflación núcleo debería materializarse, eventualmente, en el quinto semestre del gobierno Macri. Para contribuir a lograrlo, el BCRA ratificó la política de dureza monetaria dura, para recibir el impacto del alza en los precios regulados. Mantuvo en 28,75% anual la tasa de pases a 7 días, y confía en que “la tendencia decreciente de la inflación núcleo se consolide, de manera de converger al objetivo de inflación de 10% ± 2% para 2018.”

No parece una meta demasiado realista. Pero, aunque difícil, no hay que descartar su posible cumplimiento. Por un lado, juega a favor el hecho de que ya no estarán presentes los factores políticos que incidieron en la reciente aceleración del IPC, como la facilitación del crédito a privados en vísperas de las elecciones legislativas de octubre. Ese sería el pie en el freno. Queda por verse la presión que seguirá ejerciendo el otro sobre el acelerador, con el trade-off subsidios/tarifas, las cifras que surjan de las paritarias los ajustes en otros contratos.

Otro tema pendiente es el evidente atraso cambiario. Los funcionarios, como todos en cualquier otra administración, enfatizan que para medir la competitividad no hay que mirar la cotización del dólar sino el tipo de cambio real multilateral (TCRM), que compara paridades y canastas de consumo de los 12 principales socios comerciales del país.

El índice que elabora diariamente el BCRA (Dic 2015 = 100) muestra para el 1 de diciembre un valor de 86 que es nueve puntos menor al 95 registrado el 28 de julio de este año. Salvo en el caso de Brasil (99,5) todas las demás comparaciones revelan una apreciación importante del peso desde que asumió la Administración de Cambiemos: 20,8% frente al dólar de EE.UU.; 17,5 frente al euro y 22,4% frente al yuan.

Algunos datos presentados en la reciente reunión anual de la UIA resultan aún más dramáticos.

El déficit comercial en el intercambio de manufacturas superaría este año los u$s 35.000 millones. Sería 13% más que en 2016. (u$s 11.252 millones con China; u$s 10.316 millones con Brasil; u$s 9.612 millones con el Área Euro y u$s 3.473 millones con EE.UU.).

A su vez, la balanza por turismo arrojaría un saldo negativo superior a los u$s 11.000 millones este año. Y los datos a octubre del balance cambiario del BCRA muestran que las compras netas de billetes dólar por parte de personas físicas sumaron u$s 16.651 millones, a pesar del alto nivel de las tasas de interés, estimado en 5 puntos por encima de la inflación.

El origen del atraso cambiario hay que buscarlo en la política fiscal. Con un déficit primario que no cede ni se reduce y el financiero que crece, el Gobierno cubre la necesidad de financiamiento que ronda los u$s 35.000 millones anuales, mayormente colocando deuda soberana en el exterior. Los dólares que obtiene los vende en el mercado local, a través del BCRA, para hacerse de pesos.

El resultado es una sobreoferta de divisas en el mercado local, que no solo mantiene deprimidas las cotizaciones. También provoca una expansión monetaria que por ahora supera la demanda y debe ser neutralizada por el BCRA, para mantener el crecimiento de la Base Monetaria en 22,8% interanual.

El stock de Lebacs, desde noviembre 2016 pasó de $705.023 millones a

$1.165.570 millones. Un aumento de 65,3%, que sugiere la inviabilidad de este mecanismo de absorción, por insostenible.

La estrategia de Hacienda se centra en una apuesta al crecimiento de la economía que, con el tiempo, vaya enjugando el déficit. Esto se está verificando, con un alza de 5,3% del PIB en octubre.

Pero los analistas coinciden en que ese fue el máximo del rebote y sugieren que ahora la economía buscará estabilizarse en torno de 3%. Una cifra que parece haber sido tomada en cuenta por los operadores, a juzgar por el repliegue de los cupones PBI, que cedieron entre 12% y 14% desde los picos de octubre.

Según el REM de noviembre, se espera un crecimiento de 2,9% para este año y de 3% para 2018. Insuficiente para activar el pago de los cupones, y demasiado magro como para vitalizar la demanda de dinero y relativizar el déficit fiscal.

El pacto fiscal alcanzado con los gobernadores es un paso positivo, aunque habrá que ver si se cumple y en qué grado. En la UE empezó a funcionar recién cuando la economía de la zona creció 2,9%. Pero según la evaluación del Parlamento Europeo los resultados, después de 5 años, parecen módicos: hay más países miembros bajo examen exhaustivo, crecieron los que tienen desequilibrios y aparecieron 6 con desajustes excesivos, cuando en 2013 no había ninguno.

Aún así, no hubo sanciones ni recomendaciones de ajustes por parte de la Comisión de Desquilibrios Macro, pese a los repetidos reclamos del Consejo Europeo y del BCU. Un antecedente que habilita a preguntarse qué actitud podría adoptar aquí el Ejecutivo Nacional, en caso de que algún estado provincial fracasara o no llegue a cumplir con la austeridad y los recortes de impuestos pactados.

Los cambios diseñados en la legislación tributaria también van en el sentido correcto, aunque nuevamente el gradualismo en la aplicación diluye los efectos favorables que pueden tener los  cambios, como la rebaja del Impuesto a las Ganancias. La reforma laboral, para bajar costos, no está teniendo un tránsito fácil, pese a que el Ejecutivo aspira a su aprobación antes de fin de año.

Lo único concreto por ahora para enfrentar las inconsistencias macro, es la idea de Finanzas de modificar la forma de financiar el quebranto fiscal, privilegiando colocaciones del Tesoro en pesos en el mercado local, de modo de atemperar la oferta de divisas en el mercado cambiario y aliviar la tarea del BCRA para neutralizar el exceso de dinero.

Aunque después de la mejora en la calificación de la deuda soberana dispuesta por  Moody´s y la posibilidad de que en breve JP Morgan saque a la Argentina de la lista de mercados de frontera, nadie podría seriamente asegurar que habrá un cambio en la forma de financiamiento.

Ni que vaya a bajar el déficit. Ni, al menos en lo inmediato, que se modifique la ecuación para hacer negocios. O que se corrijan los desequilibrios macro.