AVISTAJES EMBARCADOS DE BALLENAS: UN CONTACTO MUY CERCANO CON LOS GIGANTES DEL MAR

41

El azul intenso de las quietas aguas del golfo Nuevo, frente a Chubut, se alteraba de a ratos con el emerger de los oscuros y gigantescos cuerpos de las ballenas o la blanquísima espuma que estallaba tras sus saltos, mientras el guía anunciaba a los turistas el menú para sus fotos, que iba desde la sola aparición de un cetáceo hasta sus espectaculares acrobacias.
Los pasajeros giraban entusiasmados y apuntaban cámaras y binoculares, ya sea a un gigante que elevaba del agua sus 30 ó 40 toneladas o se concentraban en otro que navegaba con un rumbo recto y en cada aparición amagaba ofrecer el siempre esperado “saludo” con la cola (o aleta caudal) tras la inmersión.
Otros seguían el desplazamiento de una aleta pectoral que sobresalía durante muchos metros, según el modo en que quería nadar la ballena, o se admiraban ante los bebés de cuatro o cinco toneladas que nadaban junto a sus madres o se subían al lomo de estas en un juego que corresponde a su edad y era compartido por la hembra adulta.
También se podían ver los lomos de grupos de cópula, con una sola hembra y más cuatro machos, éstos siempre de menor tamaño, en una ceremonia sin competencia entre ellos sino de actitud complementaria, de la que tras un año nacería un solo ballenato luego que el organismo femenino eligiera el espermatozoide de mejor calidad para la fecundación.
Después de un junio de lluvias inusitadas para la región, que obligó a postergar varias veces el inicio de temporada de avistaje de ballenas, los turistas empezaron a disfrutar en julio de este espectáculo único, desde la costa o el muelle de Puerto Madryn o en salidas embarcadas desde Puerto Pirámides, en Península Valdés.
“¡Cola a la derecha!”, “¡salto allá, atrás! prepárense que va a repetir”, “miren una madre con su bebé, adelante”, avisaba frenético y entusiasmado cual otro turista primerizo, el experimentado guía Dany “El Pulpo” Casieles, de la agencia Southern Spirit, que trasladó a Télam durante un avistaje.
Similar entusiasmo manifestaron más tarde Federico Arribere y Claudia Martitsch, en una segunda salida ofrecida a esta agencia, en este caso en un semirígido de Peque Sosa, un histórico operador de Puerto Pirámides.
En julio, la temporada de avistajes entró en su esplendor y los lomos de los mayores mamíferos del planeta asomaban por doquier, para desaparecer y volver a mostrarse, mientras los chorros de vapor de su respiración surgían cual geisers en la superficie marina en derredor de las embarcaciones.
Pero los dos momentos más esperados por los turistas son siempre el de la cola que ondea durante varios segundos tras la inmersión, como en un saludo, y los saltos, ya que ver virtualmente volar un animal de más de 30 toneladas, aunque sea por un segundo, nunca deja de maravillar siquiera a los más expertos en estos avistajes.
“Me hace acordar a la primera vez que vi despegar un Hércules, cuando era chico, que subía con esfuerzo e increíblemente despegaba sus toneladas de fierro de la tierra”, comentó a Télam Tomás, un jubilado correntino que participó de la última excursión.
Este hombre de 72 años que veía por primera vez en persona a las ballenas, junto a su esposa Ina, agregó que “esto es más sorprendente, porque el avión tiene motor, pero estos bichos no se de dónde sacan la fuerza para dar esos saltos”.
La temporada está a pleno y los turistas se amontonan frente a las seis empresas habilitadas en la única población y puerto de Península Valdés, en busca de un turno, ya que por cuestiones de protección del recurso no se permite más de una nave por empresa a la vez en avistaje dentro del Golfo Nuevo.
De los 400.000 turistas que recibe por año esta ciudad de 700 habitantes y unas 1.200 plazas hoteleras, la mayoría llega para avistar ballenas, por lo que el invierno y la primavera conforman su temporada fuerte y es cuando más visitantes extranjeros recibe.
El avistaje de ballenas en el Golfo Nuevo también se puede hacer desde el muelle de Puerto Madryn, o aún desde su costanera, ya que los cetáceos se acercan cada vez más a la costa, y en las noches silenciosas se puede oír el fuerte bufido de su respiración que puede confundirse con un chiflete de viento patagónico.
También se las puede ver sin costo desde muy cerca en las playas del área protegida El Doradillo, en el acceso al istmo de la Península Valdés, pero los turistas coinciden en que pese a la tarifa cercana a los 100 dólares, al menos una vez vale la pena experimentar un avistaje embarcado.